PREJUICIOS

PREJUICIOS

El crujido de un palillo roto víctima del jugueteo de mis dedos me devuelve a la realidad, caigo en que he terminado la sopa que Carolina, la guapa y culona camarera, me había servido con ese puchero con aroma a todos mis hogares. Observo a mi alrededor, la última vez que tuve esa sensación de flotar en el tiempo fue hace un año conduciendo durante 200 km en los que mis pensamientos me absorbieron de tal manera que, sin darme cuenta, iba en la dirección opuesta a mi destino.

En aquel entonces un cartel medio roto de carretera, anunciando un pueblo que no recuerdo, fue mi despertador. Un pueblo y un palillo, curiosas señales de alerta para una mente dispersa.

Miro el reloj, aún tengo un rato, me concentro en la misma gente de siempre. Tres calvos sentados en la mesa de la esquina del bar que tienen pinta de inspectores de hacienda (me divierte pensar que lo son, el edificio de enfrente es el Ministerio de Hacienda). Cuatro chicas, todas con gafas, que comen en una mesa alejada de ellos, les saludan con una cierta reverencia… ¿reverencia?. Quizás exagero, lo cierto es que se quitan la palabra cuchicheando en voz baja ¿a quién estarán despellejando hoy?

Otras vidas.

La misma gente de siempre, qué aburrimiento. Un compañero de trabajo (el contable de la compañía) me saluda desde otra mesa con un leve gesto de cabeza. Le propuse cuando entré en la empresa, al encontrármelo dos veces, que comiéramos juntos;

-“Lo siento, Alberto, prefiero comer solo. Tengo demasiados números en la cabeza y utilizo la hora de comer para despejarme”- me contestó.

Hoy no sabes cómo te lo agradezco contable antipático. He quebrado el palillo pensando en ella y necesito seguir pensando en ella.

Llueve, las gotas que aporrean la cristalera fijan mi atención en una pareja de ancianos, son nuevos, me río de mi propio pensamiento, ¿nuevos? Sí, intrusos en ese bar de rutinas. El viejo habla y habla, ¡qué pesado!, lo tengo enfrente, a ella no le veo la cara (está de espaldas) pero me la puedo imaginar con un gesto de indiferencia con la boca ladeada por el asco. Toda la vida oyendo hablar a aquel tipo que todavía le coge la mano, le acaricia y le toca la cara, sin parar de hablar. El viejo no se da cuenta de la rigidez de ella, no la sabe interpretar, es incapaz de ver la realidad, precio brutal que una pobre anciana tiene que pagar para no estar sola…

Otra vez me viene a la cabeza ella, mi mujer, ¿Para qué sigo con ella?, ¿Hacia dónde nos dirigimos? ¿Qué somos? ¿Dónde están los que fuimos?

Carolina, la culona, me trae el plato de garbanzos. Me sonríe, yo también a ella, puedo oler su deseo. Siento una punzada de nostalgia, de aquellos días de pasión, de sueños consumidos.

El viejo estúpido le besa la mano, y se inclina sobre ella para hacerla una caricia en la cara. Acabo de caer en que solo está comiendo él, ¡Tendrá cara el tío! Me dan ganas de levantarme y comentarlo con el contable pero desisto al ver que mira la televisión de la pared como un bobo.

La puñetera televisión, ella, cuando llego a casa, tiene puesto un concurso en el que alguien, que no conoce de nada, gana o pierde, a veces no me oye entrar y la observo detrás de la puerta, casi siempre con su bata azul, mira con ojos de emoción a ese puto aparato, embobada, planchando sin mirar la prenda, deseo tanto para mi esa mirada, cuando cae en la cuenta de mi presencia deja la plancha en su sitio y la mirada en el suyo, en el de siempre, bueno en el de siempre no, en el de un “ahora eterno”.

Miro el reloj, los garbanzos siguen en el plato, ya no me da tiempo a seguir comiendo, tengo que volver al trabajo, el contable ya se ha ido. Pido la cuenta a Carolina, el viejo sigue hablando y comiendo, la vieja calla sin comer…pobre vieja, ¿Qué sentido tiene la vida en pareja?

-Toma la cuenta guapetón

– ¿y esos viejos…?- le pregunto

– Nuevos vecinos del barrio. Ella tiene Alzheimer…él parece un bendito, ¿has visto como le limpia la baba?

– ¿Qué te pasa? ¿Por qué pones esa cara?

Salgo del bar, la lluvia es intensa, que alivio sentir las gotas de agua en la cara…en la acera de enfrente un grafitero da los últimos brochazos a un enorme ganso naranja. Decido irme a casa.

GTI

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