El sapito Juán

El sapito Juán

La charca era negra y espesa desde hacía tanto tiempo que solo los sapitos muy ancianos se acordaban que, en algún día lejano, fue un remanso de aguas trasparentes y limpias con peces multicolores.

En un ciclo de riadas extremas consecuencia del cambio climático,  la charca quedó  encerrada y, poco a poco el agua, sin posibilidad de salida, cambió su color y espesor convirtiéndose en una ciénaga de barro y suciedad.

En la comunidad de sapitos, “la ciénaga” era su casa de toda la vida, hasta el punto que estaba prohibido criticar el estado de la charca bajo pena de seis meses en la cárcel de sapitos.

El agua no era sucia, era su hogar y por encima de cualquier cosa la comunidad  valoraba que se mantuviera la seguridad. Hace años, un sapito lideró un movimiento revolucionario intentando concienciar a todos de la “sucia verdad” y casi provoca una guerra civil. La comisión de diez sapitos gobernantes ordenó su ejecución en la plaza pública.

Desde entonces ningún sapito ha osado alterar el orden establecido y, cada seis meses, como medida preventiva, la comisión de marketing inicia una campaña de concienciación destacando las ventajas de vivir en esa charca marrón y pastosa  aprisionada.

En esta existencia pacífica, un sapito, el “sapito Juan” al que habían apodado “el loco”, a las cinco de la tarde  todos los días, cogiendo carrerilla, estampaba su cuerpo contra uno de los muros laterales intentando un salto imposible que le llevara al otro lado de la ciénaga. Al principio esta actitud había preocupado a los gobernantes que se plantearon prohibirle intentar saltar el muro y castigarle, pero al poco tiempo se dieron cuenta de que la comunidad de sapitos se divertía una barbaridad  con él todos los días, insultándole y mofándose con sus golpes y saltos contra las paredes que rodeaban la charca. Comprendieron que Sapito Juan venía muy bien a la comunidad de sapitos para divertirse un rato insultándole y gritándole y que se había convertido en un  ejemplo colectivo del ridículo y el escarnio social al que se arriesgaba todo aquel que intentara alterar el orden de la ciénaga… y  lo imposible de salir de ella.

Incluso en una ciénaga de sapitos de vez en cuando puede ocurrir un hecho extraordinario. Ese día parecía un día normal, el cielo estaba nublado, plomizo y lloviznaba. Sapito Juan, fiel a su cita, entre gritos e insultos de sus compañeros, a las cinco de la tarde, corrió hacia el muro con los ojos muy abiertos y la mandíbula apretada, saltó y, de manera inesperada, su anca derecha encontró al llegar al muro un pequeño saliente (imposible de ver desde el suelo) que le sirvió de apoyo para iniciar un segundo salto que le llevó al otro lado del muro.

Los gritos y los insultos fueron sustituidos por una multitud de sapitos con las bocas abiertas mirando hacia el lugar donde había desaparecido Sapito Juan. El gobierno en pleno, avisado por los guardias, se personó en el lugar y contempló como una masa enfervorecida de sapitos se golpeaban entre sí para intentar el mismo salto que Sapito Juan. Los primeros en intentarlo ya habían conseguido saltar y la policía de manera ordenada organizó a la masa que en fila, uno a uno, fue cruzando al otro lado de la charca. Los últimos fueron los gobernantes…la ciénaga se quedó vacía.

Al otro lado, Sapito Juan se encontró un oasis inmenso de agua limpia y trasparente, rodeado de vegetación, en un paraíso de color con aromas de naturaleza viva. Toda la población de sapitos levantó en hombros a Sapito Juan, le pidió perdón por las muchas veces que le habían insultado y gritado que su objetivo era imposible. El gobierno en pleno le nombró, en ese mismo momento, presidente del nuevo oasis.

Esta bonita historia acaba aquí…los sapitos vivieron felices y comieron…perdón se nos olvidaba un detalle importante:

La comunidad no entendía cómo Sapito Juan no se alteraba en el presente con las alabanzas y gobernaba la comunidad desde el equilibrio y la magnanimidad, de la misma manera que tampoco lo había hecho en el pasado con los insultos y los gritos, asustándole para que abandonara el objetivo, pero es que Sapito Juan tenía un secreto…

Era sordo.

A lo lejos, en la  orilla del oasis, un ganso, despidiéndose con  un gesto de complicidad de Sapito Juan, iniciaba el vuelo para reunirse con su bandada.

GTI